¿Quién no cuida mejora los perros? es un texto firmado por Vicente Ricardo Prieto, José Mari Etxaniz, José Mari Sagardui, Juan José Larrinaga, Joxean Kortadi, Joseba Artola, Manu Muiños, Antton Troitiño, Jabi Martínez, Joseba Uranga, Iñaki Urdiain y Joseba Andoni Basterra. Todos ellos presos en la cárcel de Puerto de Santa marçia II. EGIN publicó esta carta en su nº del viernes 6 de marzo de 1998.
Pasados once años de cuando se puso en marcha la dispersión, los aspectos que representa la situación son ciertamente dolorosos. Y son éstos, precisamente, los aspectos que os queremos comentar, los que este escrito os quiere acercar con la intención de que recibáis información directa. Aunque sea de manera bastante esquemática, seguro que más de una persona encontrará elementos que desconoce. Que los tenga en cuenta en lo sucesivo, pues son elementos constantes en nuestra vida cotidiana.
En cuanto comenzó la dispersión todos nos dimos cuenta de dos cosas: que el enemigo nos necesitaba lo más aislados y castigados posibles, para poder llevar a acabo su estrategia, y por otro lado, que el objeto de la dispersión éramos todos, es decir: a pesar de comenzar alejando en un principio unos pocos compañeros, era palpable que todos nosotros habíamos sido estudiados y que, estuviésemos donde estuviésemos, uno a uno iríamos recibiendo leña. No podemos olvidar que en el fondo de la dispersión yacía un claro planteamiento político-represivo: Ante una supuesta negociación, convertir a los presos en elementos de presión para que la organización armada rebajase los contenidos de los puntos mínimos.
Para ello, y teniendo en cuenta la firmeza demostrada por el colectivo a partir del 78, se marcaron el firme objetivo de destruir a la persona que hay en cada preso. Quedó claro, por tanto, desde el primer momento, que la lucha contra la dispersión nos sería imprescindible y, ni qué decir, que ante esta nueva situación cada cual no podría contar más que con sus propias fuerzas en la mayoría de los casos.
Y así ocurrió por desgracia. Nos dispersaron de cárcel en cárcel, de módulo en módulo e incluso dentro de estos, de celda en celda, en un proceso represor que hoy en día sigue vigente. Y descartando las especialidades de cada cárcel, así fue el panorama en la mayoría de los sitios: Las celdas prácticamente vacías, fuertes conflictos por negarnos a formar militarmente en los recuentos; queriendo obligarnos a desnudarnos para salir al patio y, en caso de no cumplir la orden, pasarlas moradas (amenazas, palizas, insultos...); los cacheos salvajes... y en medio de todo esto, leña pura y dura. Esta fue desde el principio, la realidad.
Lejos de casa, sin el apoyo y la solidaridad de los compañeros por estar solos, protagonizamos innumerables luchas con la intención de lograr unas mínimas condiciones de vida dignas. S consiguieron en algunos casos. No, en cambio, en otros muchos en los que el panorama descrito aún continúa actualmente. Siendo los Juzgados de Vigilancia Penitenciaria parte interesada en la estrategias represiva, la protección jurídica que hemos obtenido de los mismos ha resultado irrisoria, pues apenas suponen nada los logros obtenidos a ese nivel. ¡Vaya comedia!: no cumplen lo dictado por las leyes y piden que los demás lo cumplamos. ¿Cómo creer en ellos cuando ellos mismos se desacreditan? Aquí existe la pluralidad de leyes, ya que cada cual impone sin cesar la suyas, de cárcel a cárcel, de juzgado a juzgado, de juez a juez, día a día.
Quien quiera corroborar lo dicho, que analice nuestra situación, a ver qué deducen teniendo en cuenta los siguientes puntos: Llevamos un montón de años sin salir de las celdas de castigo, con la excusa de «razones de seguridad» que de modo alguno pueden argumentar; hasta salir el nuevo reglamento nos sacaban al patio 2 horas diarias, ahora son cuatro horas; el patio parece una caja de cerillas: es de 10 por diez metros, y está rodeado tanto de altísimos muros como de alambradas de espino; en el mismo se encuentran el urinario y una pequeña ducha; tras pasar años y años sin nada, se nos ha puesto por fin una mesa y cuatro sillas de plástico, para uso de los ocho presos que como mínimo salimos juntos; cuando llueve apenas podemos refugiarnos bajo una pequeña tejabana y, por tanto, nos calamos hasta los huesos con el más leve viento, etcétera.
Pero es un etcétera muy largo: desde el patio no podemos ver ni el exterior y, sin embargo, nosotros estamos totalmente controlados continuamente, tanto por la vigilancia realizada tras ventanillas especiales como por las video-cámaras existentes. Añadir que nuestras comunicaciones están controladas, tanto las orales como las escritas; añadir que en los cacheos no respetan ni las fotos de los hijos e hijas; añadir... ¿Dónde queda la intimidad? ¿Dónde el derecho a sentirse solo alguna vez? Ni idea.
Las celdas son más frías que frías, en cuanto su estructura. En sus 2 por 3 metros no podemos tener más que lo imprescindible, sin poder colocar siquiera un triste poster que, por lo menos, nos alegre un poco las paredes.
Cuando ataca la humedad -casi siempre, ya que hay un gran muro frente a las celdas obstaculizando la luz del sol- no hay ropa que valga y que nos proteja de ella, la lluvia suele entrar hasta dentro ya que las alcantarillas están cegadas. Hay doble puerta, la «normal» y la especial que se encuentra dentro de la celda, la de «seguridad», forjada con gruesos barrotes. En ésta, al ras del suelo, está la rendija para meter la bandeja en donde nos traen la comida. ¿Quien no cuida mejor a los perros?
La paranoia de la represión ha impuesto el cambio de celda cada tres meses. Antes incluso nos cambiaban cada semana, o sea, recoger los «trastos» y cambiarse a cualquier celda contigua por las benditas «razones de seguridad» de siempre. Los que suelen cambiar de celda diariamente son los sagutxus, al menos los que no son devorados por las culebras que de vez en cuando aparecen. Los mosquitos viven en tal abundancia que ni siquiera en invierno desaparecen de estos rincones para perjuicio de nuestra piel.
A través de los años hemos conseguido algunas cosas mediante los juzgados. Entre ellas, el derecho a utilizar el euskara en las comunicaciones, el mismo que anteriormente teníamos prohibido. Las cabinas carecen de elementos aislantes, y por lo tanto nos enteramos de todo cuanto comentan los demás familiares en los locutorios de alrededor, para desesperación nuestra. Para hablar y poder oír, hay unos agujeritos en las chapas bajo las que están las grabadoras, por supuesto obligándonos a andar a gritos durante 40 minutos que duran las visitas. Viaje de ida y vuelta de unos 2.000 kilómetros para estar así; miles de pesetas cada viaje para encontrarse así; mil tormentos para comunicar siempre a duras penas, siempre con miedo, esperando que el carcelero pueda cortar la comunicación.
Podríamos emplear horas en detalles: que nos prohiben comprar fruta, que nos niegan información sobre nuestra propia situación penitenciaria, que en el economato no hay prácticamente de nada, que la dirección nos niega las cosa más elementales utilizando cualquier excusa barata... Y podríamos demostrar todo esto. Pero ¿para qué? ¿Habéis tenido noticia de todo esto por la televisión?
Once años así y el Gobierno no tiene la más mínima intención de acabar con la dispersión. Once años así y los que han aprendido a subsistir con las migajas que les brinda el enemigo ceden ante todo esto cuando les convencen de la necesidad política de esta forma de represión. Once años así y muestran claramente la firme intención de prolongar el sufrimiento.
En cierta ocasión, Sarrionaindia escribió que nosotros estamos presos, pero que nuestro amor no lo está, ni siquiera en un asqueroso agujero como éste. Amamos Euskal Herria, nos metieron presos por luchar por un proyecto liberador para Euskal Herria. Estad seguros: ¡No dejaremos que nuestros libres sueños caigan presos! Eutsi goiari!
Vicente Ricardo Prieto, José Mari Etxaniz, José Mari Sagardui, Juan José Larrinaga, Joxean Kortadi, Joseba Artola, Manu Muiños, Antton Troitiño, Jabi Martínez, Joseba Uranga, Iñaki Urdiain y Joseba Andoni Basterra,